Historias de gatos
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Escrito por Olguita   


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Hola, tengo recuerdos borrosos de mi origen, la mala vida pasada debilitó mi mente, soy un gato europeo, vamos... común, y me llamo Manolo. Me encontró mi dueña un lluvioso 15 de enero, entre cubos de basura y coches sucios.

Apenas podía moverme, pues las almohadillas de mis patitas estaban rajadas y doloridas, las uñas rotas, estornudaba continuamente y el cansancio y los continuos cambios de impresiones con los perros me hacía desfallecer. ¡Allí estaba yo!. Con mi suave pelaje negro que cada vez se iba pareciendo más a los cráteres de la luna, pues los parásitos internos empezaban a hacer su efecto lunar dibujando en mí a su antojo.

Aquella chica de ojos marrones se acercó a saludarme, tuvo que pensar que era un antipático pues, aunque quise saludar, mi garganta parecía muda, ¡no podía!. Estaba tan afónico como una doble faringitis te puede dejar...

En ese estado me encontró, sorprendida de que ni me inmutase cuando pasaban los perros o niños que me daban patadas, me observó un largo rato. En una casa cercana pidió un cuenco de leche para mí y yo de la tiritona y la ansiedad que tenía encima, en lugar de tomarlo lo volqué... ¡Cómo iba a saber ella que ya me daba igual seguir! Me sentía muy triste al verme abandonado por mis primeros dueños y sólo quería dejarme llevar... Ellos, horrorizados cuando me entró el primer celo, me tiraron por una ventana cuando hice frente a mi naturaleza felina.

Me llevó al veterinario porque pensó que me había perdido y para que curasen mis heridas. Me negué a comer, estaba hundido, ¡era una pesadilla para mí!. Y lo peor de todo era cuando tenía que hacer mis necesidades, pues salían de allí miles de bichos que me iban vaciando por dentro. El veterinario me dijo que me quedaban sólo horas de vida y que si llego a pasar unas horas más en la calle hubiera gastado alguna de las siete vidas que tenemos los gatos.

Así, en una caja de cartón y junto a una estufa, me pasé las siguientes 48 horas, durmiéndolas enteras antes de poder echarme algo a la boca o emitir algún sonido. ¡Sobreviví!. Me regalaron una inyección de vida y me enseñaron lo importante que es llamarse Manolo junto a mi dueña, ella cree en mí y sé que hago sus delicias cuando, agradecido, le canto junto al tejado y le hago algún que otro adorno en la ropa, pues su olor es una de las cosas que más me gustan y suelo dormir con alguna prenda suya a escondidas.

Un día me escapé de casa para llevarle un regalo, un gorrión, pero qué extraño, porque creo que no le gustó mucho. Ahora todo es diferente, he engordado y cuido del hogar cuando no hay nadie en casa, me afilo las uñas en un puff y le maúllo al oído cuando la veo triste o si me deja la puerta del armario abierta juego al escondite con ella y me paso las horas muertas entre jerséis..¡je,je!

¡Siempre acabo ganando yo!. Por eso quiero decirle que, aunque se enfade conmigo alguna vez, siempre estaré a su lado, pues me enseñó lo importante que es volver a recuperar el orgullo gatuno.